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Ultra

Yamasaki me acompañó a la salida después de que todo terminara. Era extraño ir de la mano de un hombre tan mayor, de aquel anciano oriental; mis huellas dactilares no encontraban llanuras más allá de la cordillera de sus nudillos, tal era su nivel de arruga. Atravesamos tres cortinas muy espesas, igual que si hubiéramos permanecido encerrados en un bote de gelatina y por fin fuéramos capaces de sacar la cabeza por un lado, y luego el resto del cuerpo deshaciéndose a cámara lenta de un abrazo pegajoso. Era más sencillo para Yamasaki, que no medía mucho más de metro y medio; yo a cada milímetro pensaba que me iba a dejar allí alguna capa, y que mi pellejo permanecería pegado a cualquiera de aquellas mucosas para que lo recogiera el siguiente que pasase en dirección opuesta. Pero conseguí salir de una pieza las tres veces. Luego subimos y volvimos a bajar. Luego bajamos más y subimos por fin a la superficie. El viejo truco de hacer rebotar la luz hasta que se cansase de buscar la entrada ...

Rewind

Ahora me levanto prontísimo. Los días de entre semana sobre todo. Entonces tenías casi siete años menos que yo. A mí me gustaba ir al hipódromo. Escuchaba la música muy alta. Bebía algunas noches como si se fuera a terminar el mundo. Escribía poesía. Escribía poemas cortísimos que no leían ni siquiera mis mejores amigos. No era un maldito, porque dormía con la ventana cerrada, y los niños malos duermen siempre con ellas abiertas (las ventanas y sus etcéteras). Aquel verano había hecho calor de verdad en Madrid. Salir era ingresar en una sartén recién retirada del fuego, una invitación a correr descalzo hasta atravesar las brasas. Justo lo que hacen en los pueblos de donde vengo aquellos amantes que dicen que son los amantes verdaderos. Valiente chorrada. valiente chorrada quemarse las plantas de los pies por amor pudiendo quemarse el cuerpo entero con la combustión que sucede a la fricción espectacular provocada en la fusión de los núcleos de nuestras células cuando la d...

Poética

Los malditos poetas que sólo escribimos sobre el amor, el sexo y las braguitas tenemos frases tan tremendas como tienes esta noche la felicidad intransitable, porque la trampa en forma de agujero que cubres con el logo de Oysho me hace partirme las rodillas hasta la invalidez cada vez que rondo tu ombligo . El resto de poetas nos miran de la misma manera que un cirujano mira a su hijo en su primer empleo en el McDonald's (también, sí, también en el McDonald's en frente de una hamburguesa a la parrilla podría decirte simplemente estás de un algodón tan cien por cien que me parece mentira que cuando te desnudas del todo no me digas al instante “son diez mil” ). El resto de poetas, con sus trozos de lechuga vital molestando entre los dientes, y yo contigo, llenándonos los dos la boca de la carne del otro y riendo porque la palabra ketchup sólo rima con onomatopeyas. Por eso nunca llegaremos a los discursos de la real academia, nunca llegaremos a limpiar con nues...

Mentiras

Mentiras que te conté mientras dormías: que soy el mejor de los hombres, mejor incluso que Gandhi y que Guardiola, y con más pelo que los dos juntos; que soy el más rápido en llegar y a la vez el más lento en irme, que mi lengua tiene de serie piloto automático y con ella puedo conjugar cuando quiera el presente de tu punto G con las valencias de la bomba H, hasta formarte una X en el mapa del tesoro; que guardo más horas de sol que un verano finlandés, más vidas que un gato en una tragaperras, más ganas de ti que las que tiene toda Nueva York de ser un centímetro cuadrado de tu salón; que tengo los ojos color hierbabuena, o marihuana según el momento, y por eso puedo cuidar de tus plantas como un jardinero fiel, que me encanta el té porque es como cogerte de la mano y que nunca dejo nada en el plato; mentiras: que bajo la barba escondía un país entero lleno de panaderías y tiendas de ropa, que soy capaz de estar en pie tanto que veré caer el edificio más alto de...

Cirugía

felicidades Abrió un cajón de la mesilla, un cajón pequeño con hechuras de caja de cerillas, y allí se hacinaban los escalpelos, uno junto a otro en fila militar y a la vez íntima sobre una pieza de terciopelo. Al coger el más pequeño, brilló en el filo el reflejo rojo de sus uñas pintadas. Cerró el cajón, dejé de tener un primer plano de su espalda y cuando volví a enfocar eran sus ojos los que completaban el cuadro. Pero esto fue, casi, el final, y las historias se cuentan por el principio. Nos habíamos conocido en el campo. En un campo de maíz, para ser exactos, que de tan alto sólo nos dejó conocernos de cintura para arriba. Así que en vez de follar hablamos y hablamos mientras buscábamos la salida. De la dieta vegetariana, de la vida extraterrestre, de las cosquillas del maíz en las partes íntimas, sin saber ella si yo era un centauro varado; sin saber yo si ella una sirena que había encontrado unas ruedas en algún desguace de las afueras. Era una sirena, es cierto, pero eso ...

Cirugía (previo)

Abrió un cajón de la mesilla, un cajón pequeño con hechuras de caja de cerillas, y allí se hacinaban los escalpelos, uno junto a otro en fila militar y a la vez íntima sobre una pieza de terciopelo. Al coger el más pequeño, brilló en el filo el reflejo rojo de sus uñas pintadas. Cerró el cajón y dejé de ver su espalda cuando me alumbró con los ojos. Pero esto fue el final, y las historias se cuentan por el principio (continuará...)

Miss Atlántida

Te nombro miss Atlántida. Reina de las reinas de la belleza de un reino inusual y poético, enterrado bajo el agua hasta la coronilla, quimérico. Imposible de alcanzar salvo que dispongas de los pulmones de un elefante blanco y las aletas de un boeing siete cuatro siete. Con la tierra, su tierra, compuesta en un noventa por ciento del material del que se componen los sueños. Te nombro miss Atlántida, Reina de las reinas de la belleza y te entrego el cetro en la capital del reino: mi cama. Inusual y poética, enterrada bajo nuestras aguas hasta perder la cabeza, quimérica. Imposible de alcanzar salvo que depongas tus pulmones de leopardo rosa y todos los atletas que caben en un boeing siete cuatro siete. Con las sábanas, sus sábanas, impregnadas hasta el exceso del material del que se componen los sueños. Te nombro, y antes de terminar tu nombre completo ya me estás inundando el poema de puntos finales.

Virginal

(feliz año) De repente, hay algo virginal. La nieve recién caída y la manera en la que la pisamos. La manera en la que un enfermo crónico que acaba de ser diagnosticado, acerca a su boca y toma la primera pastilla de su tratamiento vitalicio. El sonido de los palillos chinos antes de caer, pero después del chasquido que han hecho cuando los hemos separado el uno del otro. Virginales. Rodeados de ellos. Todos. Provocan una drogadicción especial las cosas nuevas. Por eso no podemos evitar andar descalzos por el pasillo después de haber fregado a conciencia, y luego corremos entre risas a por los calcetines cuando llaman a la puerta. Es el espejo que llega a casa, sujeto por las manos enguantadas de dos operarios, para sustituir a aquel que rompimos mientras nos poníamos guapos. Virginal para ellos el tacto de nuestras manos en la propina, nuestras manos que antes nos han masturbado rápida y agitadamente, hasta convertir el espacio entre los latidos en el tiempo de...

La caballería roja

Imagen
("La caballería roja" es un cuadro de Kazimir Malévich, y el nombre de una exposición reciente de La Casa Encendida) te dije que metieras la cabeza en el congelador después de aquel polvo que duró tres habitaciones: en tus mejillas había formado entera la caballería roja, y amenazaban las monturas con descabalgar a sus jinetes y salir huyendo hacia las colinas, y entonces se te hubiera contagiado el rubor a los pezones, cumbres altísimas de tu cuerpo y hubiera sido imposible escalarlos, del mismo modo que es imposible escalar un volcán en erupción sin quemarse la lengua; en lugar de eso seguimos besándonos, tan apretados el uno contra el otro que ninguna de nuestras heridas tenía suficiente oxígeno para seguir viviendo, como un niño que se aprieta un algodón enorme en la nariz y sigue en el juego; se nos pusieron los párpados cianóticos perdidos, porque no pasaban los glóbulos rojos la aduana del beso; te dije que metieras ur-gen-te-men-te las piernas en u...

Escalofrío y erección

Me cuesta ducharme los lunes. Tengo miedo de perderte en el desagüe. Sé que las diminutas esporas que se me despeñan del ombligo, los trocitos de piel muerta que se suicidan al contacto con la bañera son los únicos restos del fin de semana de tu piel en mi piel, y ningún gel dermoprotector va a darme el mismo placer que la periferia abandonada de tu tacto en mi cuerpo. Cuando nos vamos de vacaciones y luego volvemos a ciudades separadas estoy una semana sin probar el jabón y el agua, para que no te vayas del todo; y sería capaz de habitar el Sáhara después de vivir contigo un par de meses. Me cuesta comer, también. Mi lengua que ha rezado en tu boca prefiere el ayuno a pecar de menú del día. Mi boca, que ha sido pila bautismal del agua bendita recogida de tu benditísimo coño no quiere volver a beber por lo menos hasta el martes. Y así adelgazo todos los principios de semana. Me transparento, y por la calle me llaman el hombre invisible. Luego por las noches vas des...